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¿QUÉ HEMOS PERDIDO Y QUÉ PODEMOS RECUPERAR?

El ombligo de Venus
Edith González Fuentes
12 de julio de 2007

DEJANDO ATRÁS ESTEREOTIPOS Y CARTABONES, sabemos hoy que las mexicanas del pasado, lejos de ser figuras decorativas, amas de casa abnegadas y señoritas decentes pero perfectamente inútiles —como se nos había hecho creer— participaron activamente en el desarrollo del país.

Testigo de ésto fueron algunas visitantes extranjeras quienes dejaron constancia de la forma de vida de las mexicanas en diversas publicaciones.

Hablábamos la semana pasada ya del caso de Fanny Chambers Gooch, estadounidense, quien escribió en la época del porfiriato (1887) el libro Face to face with the Mexicans, de muy grata lectura, en el que describe costumbres, usos y hasta canciones y remedios caseros usuales entre nuestros compatriotas de aquellos tiempos.

Ella asienta, por ejemplo, respecto al noviazgo en perspectiva: “... Una vez aceptado como novio oficial, es imaginable que el fervor de su devoción tomará salida en expresiones amorosas. Como señal de su cálida y poética imaginación y apasionada naturaleza latina, se han anexado algunas de las frases más características, usadas por ambos sexos: ¡Niña de mi alma!, ¡Te adoro, te idolatro!, ¡Eres mi único pensamiento!, ¡Me mato por ti!, ¡Tú serás mi solo amor!, ¡Qué feliz soy a tu lado!, ¡No dejes de escribirme!, ¡Adiós, chula, hasta mañana!

“La señorita no es intencionalmente o por naturaleza coqueta. Simula, con tal de atrapar en sus redes el afecto de su admirador. Pero además de sus irresistibles ojos, hay ciertas pequeñas gracias sociales y arreglo personal que inconscientemente emplea de manera expresiva y que nunca fallan para ponerlo a sus pies. El más efectivo e indispensable accesorio es el abanico...”.

Gran cuidado y atención es concedido también al pañuelo, que juega un importante papel, secundario únicamente al de este primer accesorio femenino por excelencia.

Continúa, “Para un joven de ingresos moderados, el matrimonio es un compromiso serio. No sólo debe amueblar la casa y hogar, sino también dar las ‘donas’. Pero, en algunas familias adineradas, los padres de la novia proveen la mayor parte de lo anteriormente mencionado, restringiendo las compras del novio al vestuario nupcial, las joyas y otros accesorios. Un libro de oraciones con cubierta de marfil, es un regalo indispensable por parte del novio...”.

Más adelante, “La guerra de Reforma hizo necesarias tres ceremonias matrimoniales: dos meses antes los jóvenes deben registrarse en la Catedral, durante cinco domingos el sacerdote publica las amonestaciones. Enseguida, acompañado por el notario, va a la casa de la novia a la cual pregunta si actúa por su ‘propia voluntad’, y otras cuestiones necesarias, hechas con tal libertad como si se tratara de una transferencia de bienes raíces. Unos días antes de la boda en la iglesia, el oficial del Registro Civil, acompañado por los testigos, siendo el sacerdote uno de ellos, realiza el matrimonio civil. El vestido usado por la novia en esta ocasión es un regalo del novio”.

En otra parte, “Los matrimonios no son generalmente anunciados con amplitud. Amigos íntimos son invitados al matrimonio religioso y después participan de las fiestas que se realizan en la casa. Después de que la pareja se establece en su propia casa, envían tarjetas que dicen:

Tirso Calderón y Julia Hope tienen el honor de participar a usted su enlace, y se ofrecen a sus órdenes en la casa número seis A de la primera de Providencia. En otras palabras, usted es considerado amigo de los recién casados y estarán encantados de verlo en su casa”, sigue.

Atinado sería que, sin pasiones desmedidas, analizáramos lo que hemos perdido o que hemos destruido y que pudo o puede mejorar nuestra convivencia. Pensemos en las contribuciones a la industria turística y al medio ambiente, por ejemplo, si el canal de la Viga hubiera sido respetado.

Un breve parpadeo: tras de las elecciones presidenciales, el ganador tiene un largo periodo de cinco meses para comenzar a ejercer sus funciones, después de una campaña electoral maratónica.

Agréguele que, ya como Presidente de la República, cuenta con otros seis meses para presentar el Plan Nacional de Desarrollo, ésto, en política, implica pasarnos un año en el limbo.

Reducir tiempos es otra tarea para la reforma del estado.

El Universal (12 de Julio de 2007)
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