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 Nota facilitada por: Rocío




 

DOÑA JOSEFA ORTIZ DE DOMÍNGUEZ,
UNA HEROÍNA MEXICANA MUY SINGULAR

El ombligo de Venus
Edith González Fuentes
13 de Septiembre de 2007

En la entrega anterior recordamos a Josefa Ortiz de Domínguez, quien se reunía con los insurgentes y fue quien mandó avisar a Ignacio Allende que la conspiración había sido descubierta.

SEGUNDA PARTE

La invasión napoleónica de España en 1808, trajo consigo, después de muestras de apoyo al rey, la idea en algunos criollos, de la separación total de España.

Por esas fechas, el corregidor estaba concentrado en la capital a instancias del virrey Iturrigaray y suspendido en su cargo por denuncias sobre su actividad política.

Cuando regresó a Querétaro, comentó con doña Josefa lo acontecido y a instancias de ésta propiciaron las reuniones de la casa número 14 de la calle del Descanso; de la casa número 4 de la calle de la Cerbatana y en su propia casa, que bajo el disfraz de reuniones literarias, en realidad servían para la discusión del momento político e intercambio de ideas que desembocaron en el inicio del movimiento de Independencia.

En ellas participaron abogados, burócratas, militares, comerciantes y otros. Josefa Ortiz fue una importante colaboradora en la organización del movimiento, siempre con la guía de sus ansias libertarias.

Al ser descubierta la conspiración de Querétaro, el corregidor encerró a su esposa en un intento de salvar a la familia y a sí mismo de posibles repercusiones.

Como sabemos, doña Josefa se las arregló para dar la noticia, lo que precipitó el inicio de la lucha armada por la Independencia de la Nueva España el 16 de septiembre y no el primero de octubre como estaba planeado.

El día del Grito de Dolores, los esposos Domínguez fueron apresados debido a que sus actividades libertarias fueron delatadas por el capitán Arias, quien se iba a encargar del levantamiento en Querétaro.

Josefa Ortiz fue recluida en el Hospital de Santa Clara en Querétaro sólo unos días, pues un tal Juan Collado, alcalde de la corte, fue enviado a Querétaro para enjuiciar a los conspiradores, y con el consecuente disgusto de las autoridades centrales, dejó libre a don Miguel Domínguez.

En uno de sus viajes de regreso a la capital, Collado fue secuestrado por un grupo insurgente, que exigió a cambio la libertad de varios de sus compañeros, situación que facilitó la liberación de Josefa Ortiz.

Así el matrimonio prosiguió con sus actividades en la corregiduría. Ella se dedicó al proselitismo por el movimiento y en 1814 fue encerrada en Santa Teresa, en la ciudad de México, en esa ocasión exclamó: “Tantos soldados para custodiar a una pobre mujer; pero yo con mi sangre les formaré un patrimonio a mis hijos”.

Después de un juicio en el que se la acusó de traición, cumplió el resto de su sentencia en el rígido convento de Santa Catalina de Sena, hasta junio de 1817, dándole la libertad el virrey Apodaca dada la situación difícil de don Miguel Domínguez y a las enfermedades de la prisionera.

Para que nos demos una idea de su férreo carácter, baste decir que el célebre intelectual don José Mariano de Beristáin y Souza al denunciar con el virrey Calleja a fines de 1813 a la pareja de peligrosos conspiradores, se refirió a ella como “una verdadera Ana Bolena, que ha tenido valor para seducirme a mí mismo, aunque ingeniosa y cautelosamente”.

En mayo de 1814, el auditor de guerra Foncerrada acusa a doña Josefa de “padecer enajenación mental” y propuso recluirla en lugar de su estancia en el convento.

Ya en el México Independiente, los esposos Iturbide invitaron a Josefa Ortiz a ser dama de honor de la señora en la corte imperial.

La digna respuesta fue: “Dígale usted que la que es soberana en su casa, no puede ser dama de una emperatriz”. Siempre pensó que la constitución de un imperio, era totalmente contraria a los ideales por los que había luchado durante la guerra de Independencia.

Siempre se negó a recibir recompensas por su intervención en el movimiento iniciado en 1810.

Su lucha por un México mejor prosiguió al involucrarse con los grupos liberales de corte radical. Es más, en su casa de Indio Triste número dos, se llegaron a reunir líderes como Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, López Rayón, Michelena y demás, que dieron origen a la República Federal del 4 de octubre de 1824.

Mujer que irónicamente se consideraba iletrada por utilizar recortes de periódicos y revistas con el objeto de comunicarse con los simpatizantes de la independencia.

Mujer partidaria de las logias masónicas yorkinas. Mujer que reprueba la matanza de la Alhóndiga de Granaditas. Mujer que muestra su disgusto por la expulsión de los españoles del territorio mexicano. Mujer que nunca traicionó la causa, que guardó con celo armas y documentos confidenciales. Mujer que superó a su marido en su entusiasmo y fervor por la causa separatista. Mujer que, fiel a sus ideas libertarias, llegó a comentar, “el mayor castigo que Dios pudo darme, es que mis hijas se hayan casado con chaquetas (criollos realistas)”. Mujer consejera del primer presidente de México, Guadalupe Victoria, quien la visitaba frecuentemente en su domicilio.

A los 61 años, el 2 de marzo de 1829, murió. Su cuerpo descansa junto al de su marido Miguel, en el panteón de queretanos ilustres. A un poco más de 50 años de su muerte fue declarada benemérita de la patria.

De acuerdo a testimonios de la época, fue una dama bella y enérgica, imagen que no corresponde con las actuales y desafortunadas representaciones gráficas de su persona.

El nombre de doña Josefa Ortiz de Domínguez quedó inscrito en la Cámara de Diputados a iniciativa del gobierno de Porfirio Díaz hasta 1890.

Las dos principales estatuas de la heroína se encuentran en la Plaza de Santo Domingo, en el Distrito Federal, y en el jardín que lleva su nombre, en la ciudad de Querétaro

La casa de la corregidora es actualmente el Palacio de Gobierno, sede del Poder Ejecutivo Estatal.

María de la Natividad Josefa Ortiz Girón, conservó a ultranza su integridad ideológica e incluso puso en peligro su vida.

Merece un mejor lugar en la historia oficial, ese relato de bronce que como decíamos en el caso de Leona Vicario, no sólo la escriben los vencedores, también tiene su cristal de género.

El Universal (13 de Septiembre de 2007)
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