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LAS ADELITAS DE LA REVOLUCIÓN

El ombligo de Venus
Edith González Fuentes
15 de Noviembre de 2007

Noventa y siete años ¡Cosa más grande caballero! Pues sí, 97 años hace que dio inicio la lucha violenta por alcanzar el poder político en México. Varios intentos —unos pacíficos, otros no tanto— por cambiar el estado de cosas que prevalecían durante el porfiriato, habían fracasado.

Francisco I. Madero, con la consigna de Sufragio efectivo, no reelección, encabezó el movimiento que inició el 20 de noviembre de 1910.

La adelita, mujer soldado que al acompañar a “su hombre” preparaba la comida y el fusil, remendaba ropa, despachaba ferrocarriles, espiaba, era telegrafista, correo, enlace, propagandista, enfermera y combatiente (llegó a ocupar puestos de mando); también era valiente, aguerrida, abnegada y solidaria con la lucha.

Idealizada en la mayoría de las películas mexicanas, éstas no reflejan su pobreza, sumisión y sufrimientos; es, hoy en día, inspiración de nuestras niñas, que en las escuelas se transforman en adelitas por un día para recordar el inicio de la gesta revolucionaria de 1910.

¿Cuántas de ellas habrán muerto o quedado lisiadas? Mujeres que pasaron a la historia a través de las películas mudas o fotografías mostrando la dureza en sus rostros, producto de vivir en medio de la crueldad de la guerra, por estar con el compañero, elegido con libertad.

Vale la pena compartir que “la adelita” fue un personaje de carne y hueso. Su nombre fue Altagracia Martínez y se la conocía como Marieta Martínez. Ella dejó la comodidad de un hogar de clase media para integrarse a la Revolución. Francisco Villa y Rodolfo Fierro fueron los famosos generales que la bautizaron como Adelita. Hasta donde se sabe, Pascual Orozco la mandó matar.

Otro hecho dejado de lado por la historia oficial es que, en 1911, en medio del polvo, los ferrocarriles y las balas, poco más de mil mujeres, lideradas por la organización Amigas del Pueblo, que apoyaba a Madero, firmaron un documento dirigido al presidente interino Francisco León de la Barra para pedir el derecho al voto. La exigencia no se planteó de manera frívola, se sustentó con el argumento de que la Constitución de 1857 —vigente en ese momento—, no prohibía explícitamente ese derecho, por lo que les era permitido ejercerlo. Esta lucha continuó hasta la administración del presidente Adolfo Ruiz Cortines, en los 50.

Otra importante organizadora del Primer Congreso Feminista de Yucatán, realizado en el auditorio José Peón Contreras de la ciudad de Mérida, del 13 al 16 de enero de 1916 —nuestro tema central de la entrega pasada—, fue Consuelo Zavala. Ella fue la presidenta del comité.

La ciudad de Mérida la vio nacer en 1881; mujer preparada, fue maestra de educación básica y superior después de haber estudiado en el Instituto Literario de Niñas. Imagine el lector esa época, represiva para la sociedad en general y para la mujer en lo particular, el arraigo a las tradiciones machistas y el peso de la religión en la educación.

En esa realidad lacerante para las mujeres, Consuelo Zavala dedicó su vida a la emancipación femenina y no se quedó en palabras. En 1902 puso en marcha un proyecto de escuela con una educación laica y racional. Mérito que se le tomó en cuenta durante la administración de Francisco I. Madero, cuando fue enviada a estudiar a Francia cuestiones sobre la enseñanza.

Sus cualidades de organizadora se vieron reflejadas en la copiosa asistencia al congreso: unas 700 mujeres, que se reunieron por cuatro días para deliberar y acordar acciones con el objetivo principal de “atender los problemas de la mujer, procurando su revitalización y desarrollo”. En resumen, se trataba de liberar a las mujeres de los yugos que pesaban sobre ellas, muchos de los cuales siguen vigentes hasta hoy.

Antes de morir, en 1956, y gracias a su trayectoria en materia educativa, recibió el premio Ignacio Manuel Altamirano.

Consuelo Zavala, justo es decirlo, no representó al ala más radical del congreso, esa distinción le correspondió a Hermila Galindo, quien pidió el sufragio femenino. Al parecer, Consuelo se opuso, e hizo valer su calidad de presidenta del comité organizador para no considerar la propuesta.

Vamos descubriendo que la búsqueda del mexicano por lograr justicia, libertad, democracia, a través de la dolorosa página de la Revolución Mexicana, no ha incluido en su historia oficial —salvo honrosas excepciones—, las luchas y méritos de todos los participantes, tampoco se salvan de esta exclusión muchas de las versiones de los vencidos.

Un breve parpadeo: los motivos pueden ser diversos, ojalá no entremos a una nueva etapa de las deshonrosas “concertacesiones”. Los ciudadanos de a pie deseamos que el proceso de las elecciones en el estado de Michoacán ponga el ejemplo.

Otro breve parpadeo: no acabo de entender por qué los contendientes para dirigir al Partido de la Revolución Democrática, con normas de antemano pactadas para renovar a sus líderes, tienen que firmar un pacto de civilidad. Con respetar las reglas del juego bastaría. El colmo es acordar que no utilizarán recursos públicos.

El Universal (15 de Noviembre de 2007)
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