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 Nota facilitada por: Jessy




 

LECCIONES DE HONESTIDAD
DE UN MEXICANO EJEMPLAR

El ombligo de Venus
Edith González Fuentes
14 de Febrero de 2008

En esta entrega continuamos con la narración de la vida de ese leal y valiente mexicano, Guillermo Prieto, escritor de pluma ágil, quien en una ocasión salvó la vida a Benito Juárez.

En tiempos de la irrupción estadounidense, la industria del celuloide no era parte de la vida común, pero Guillermo Prieto escribió cuadros narrativos que parecen de película para transportarnos con los habitantes de los barrios populares: Santo Domingo, La Merced, Tepito, “Los peladitos”, que iniciaron, ellos, la defensa del Zócalo cuando la invasión de los Estados Unidos de Norteamérica en 1847.

“… La llegada allí de los yankees al encaramarse uno al asta bandera, derribarla, desgarrarla, repisotearla orgulloso, fue horrible; y lo veía a través de mi llanto y aullaba como una mujer…”

Este defensor de los preceptos liberales más ortodoxos se vio forzado, por ejemplo, a renunciar al ministerio de Hacienda por haber rebajado el sueldo en 50% a toda la burocracia.

“En una palabra, ingenuamente aspiraba al ministerio por amor al renombre, por fanfarrón u ostentación de lo que sabía, que era muy poco, y que lo creía mucho, y porque se viera que un hombre pobre y salido de la miseria tenía valor bastante para desenmascarar pícaros y corregir inveterados abusos.”

Estoy segura, lo veo, que don Guillermo Prieto eliminaría las dichosas y absurdas direcciones generales adjuntas para regresarlas a direcciones de área, ahorrando así millones de pesos del presupuesto que todos pagamos. Bajo su mando, los servidores públicos de alto rango acudirían gustosos y presurosos al servicio médico del ISSSTE con un respeto absoluto al turno asignado ya que no tendrían costosos seguros de gastos médicos. ¿Cuántas lecciones de vida republicana nos podría dar don Guillermo?

“Las condiciones peculiares en que se encontraba nuestra sociedad, unidas a la tradición colonial, hacían que siempre que se centraba el poder, la vida entera se refugiaba en México, fuente de empleo y favores, manantial de negocios, lugar de diversiones y modas, punto de cita de los ricos de todas partes y repertorio en que la civilización exponía sus adelantos y tesoros.

La corte de Santa Ana tenía ese brillo, y aunque en los departamentos reinaban el descontento y la miseria, alrededor del dictador se multiplicaban los bailes…”

Sin dejar de admirar a Benito Juárez, le retiró su apoyo en plena intervención francesa debido a la prolongación del periodo presidencial que le benefició. Según Guillermo Prieto, este ajuste de tiempo fue en contra de la Constitución y la estafeta tendría que ser cedida a Jesús González Ortega. Nunca la sólida amistad con la familia Juárez se vio mermada, esto queda de manifiesto con las palabra que dirigió en el sepelio de Margarita Maza: “Es acaso posible que mueran las personas a quienes más amamos, pues es posible que sólo quede vibrante mi voz para caer como sombra de la muerte, como es posible para mi señora objeto de mi devoción por años y años, contemplar su muerte… como es posible señalar… joya blanca azucena de su hogar modesto, mujer acariciada con los brazos de oro de la virtud y la fortuna.”

Otra muestra de dignidad e integridad la dio cuando ganó el premio de “El poeta más popular” en 1890. El periódico “La República” convocó a la población para que definiera quién era el mejor poeta. Los mexicanos distinguieron a Guillermo Prieto. Éste rehusó la corona de plata del premio y colgó simbólicamente el honor en el cuello del “Pensador mexicano”, Joaquín Fernández de Lizardi.

Guillermo Prieto, junto con Ignacio M. Altamirano, Luis G. Inclán, Vicente Riva Palacio, Ignacio Ramírez, Manuel Payno, Francisco Zarco, entre otros notables mexicanos, son una generación de escritores que, ante la falta de organización política y el desasosiego social perciben a la literatura como una ayuda para engrandecer a la patria y un excelente medio para la construcción de la educación en México.

“Poco antes de la Independencia conservaban cierto verdor los “minués”, aunque aparecían disputándole el terreno el repicar de las castañuelas, el olé y el campestre para la gente encopetada, y para la “peluca” el Pan de Jarabe, no sabemos por qué llamado así.

Los cantos insurgentes fueron varios, y se distingue “La Indita”, que era como el canto de las Tropas de Morelos.

Esparciendo luz, abriendo divinos horizontes a las almas, tronó por todos los ángulos del país:

¡Viva la Independencia,

¡Viva la Libertad!

¡Viva México libre,

Y viva la igualdad!

Y esto tan árido, a al parecer tan frío como apenas existente en el recuerdo, enloquecía de entusiasmo porque era un pretexto cualquiera para desahogar en el alma la explosión de ese sentimiento que es la vida y el ser del hombre, y que se llama la libertad”.

En economía, esa ciencia, la cual la mitad del tiempo tiende a explicar lo que vendrá y la otra mitad a comentar por qué no sucedió, Guillermo Prieto expone con sencillez lo que muchas veces parece imposible de entender: “Propiedad es el uso exclusivo de las cosas. Derecho de propiedad es este mismo uso reconocido por los demás. Sus características esenciales deben ser: inviolable, individual, desigual y transmisible.” Para él, las Leyes de Reforma no se explican por una aversión religiosa o indígena, sino porque esas propiedades colectivas, esas corporaciones, impedían la generación de riqueza. La propiedad para Prieto es un derecho natural e individual, antecede a las normas jurídicas escritas. La propiedad no la otorga el Estado, simplemente la reconoce.

Hombre dotado de una gran audacia y versatilidad, tuvo múltiples anécdotas, como aquella en la que, con tal de ganarse unos centavos, a los 19 años, sustituye a un amigo en un acto oficial y ante la presencia del presidente de la República, Anastasio Bustamante, en lugar de hacer su “chamba” critica al clero, al poder y no dejó de incluir al Presidente. Al siguiente día se entrevistó con él. Cuando todos esperaban cárcel o un castigo ejemplar para el “moscardón”, ¡zaz! Le fue asignado un sueldo, trabajar directamente para el Presidente y por si fuera poco, redactar el Diario Oficial. Un pequeño detalle, al poco tiempo Guillermo Prieto se enlaza con una mujer… ¡la hija de Anastasio Bustamante!

Defendió sus principios con gallardía y astucia en el Congreso Constituyente de 1856-1857, veamos un ejemplo: “Con la tolerancia no se vería al obispo revolucionario, ni al canónigo opulento durmiendo al arrullo del mendigo que llora a su puerta. No se vería al cura insultando con el lujo de su familia bastarda, la desnudez y la miseria de sus feligreses desgraciados.”

Leer y saber de Guillermo Prieto es tentar a la utopía, arañar la esperanza, suspirar un posible, admirar no a un ídolo de barro, sino aprender de un coloso de carne y hueso. También es tener contacto de manera sencilla con las modas, la fiesta brava, los burócratas, festividades, paseos, con los barrios, los peladitos, en suma con el México del siglo XIX.

¡Caray! Me lo imagino en la máxima tribuna del país —en época de los saltamontes políticos, o de los llamados a lograr pactos de legalidad en un aniversario de la promulgación de la Constitución de 1917—, planteando con elocuencia un proyecto de nación.

Un breve parpadeo: el reto es mayúsculo, vencer la impunidad y el arraigo judicial, y valorar el papel de las fuerzas armadas en funciones de policía. No es la opinión de algún populista despistado, son afirmaciones hechas por la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Louise Arbour en reciente visita a México; vale la pena poner atención a ello

El Universal (14 de Febrero de 2008)
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