Make your own free website on Tripod.com
Ir a Principal

   N O T A   






 

UN CENTRO DE ACOPIO MUY MEXICANO

El ombligo de Venus
Edith González Fuentes
28 de Febrero de 2008

En un restaurante escuché la siguiente conversación. Reconozco mi pecadillo, pero de algo sencillo se pueden obtener lecciones acerca de México.

Tanto del que deseamos como del que vivimos.

— Palabra, no me complico la existencia. Cuando tengo que ir al centro de la ciudad, agarro el metro y en unos cuantos minutos llego a donde necesito ir. No gasto en estacionamiento, no hago corajes, no tengo que torear a los inmovilizadores de autos, siempre hay una estación del metro cerca de mi destino; ahorro tiempo y gasolina. Cuando me sobran unos minutos, visito uno de sus múltiples museos o algún templo que guarda maravillas de obras de arte. También se puede disfrutar un buen café o una sabrosa botana con una copa de vino ¿Qué más puedo pedir?

— ¿Cómo te va en el negocio?

— Bien, aunque las grúas de tránsito —que por cierto deben de ser negocio de algún funcionario—, no te dejan trabajar, se quieren llevar los coches de los clientes, pero eso no lo vamos a permitir. Salimos varios con palos, los amenazamos y se van.

— Pero eso no es válido.

— Será el sereno... nos tienen que dejar hacer. Eso sí, tenemos que saber hasta dónde llegar, no los amenazas con armas, porque te caen y te clausuran o te meten a la cárcel, debe uno aprender hasta dónde es pertinente estirar la liga. Tiene días que no se paran por ahí.

¿Con cuál México te quedas? ¿Qué hacemos por construir ese México?

En fin, el primer México lo estamos perdiendo. Estamos arruinando al México hospitalario, industrioso, respetuoso y trabajador ¿Hasta dónde llegaremos?

Bueno, entremos en materia.

El sábado vi una sustanciosa entrevista que llamó mi atención. El tema era la Central de abastos. El director general, Raymundo Collins, habló de forma sencilla, con datos precisos y reconociendo las carencias de ese monstruo de mil pasillos, enclavado en plena ciudad de México, allá por el rumbo de Iztapalapa; por cierto, rara virtud en un político.

Pues bien, la Central de abastos de la ciudad de México cumple sus bodas de plata, fue crea-da para que supliera a la Merced como centro comercial de acopio de frutas, verduras, tubérculos y demás yerbas. También podemos encontrar flores, abarrotes y cárnicos; es la más grande del mundo.

Pero demos vuelo a la nostalgia. El Valle del Anáhuac tiene un destino: albergar en su seno una gran densidad de población. Antes de la llegada de los españoles se calcula una población indígena de aproximadamente 17 millones de personas; para 1600 sólo quedaba un millón, a consecuencia de la conquista.

Se sabe que la dieta indígena no se reducía a maíz, frijoles y chile —nada más alejado de la realidad—. El jitomate, calabacines, quelites, puerros, nabos, papas y frutos, mieles, aves, pescados, huevos, legumbres y semillas eran parte del arte culinario prehispánico, sin dejar de mencionar al armadillo, el jabalí indiano, el venado, el conejo silvestre, el escuincle, pato y acociles.

Muchos de esos productos los seguimos disfrutando en la actualidad ¡cuidémoslos! La comida chatarra —aparentemente— gana la batalla a la buena y deliciosa nutrición.

Pregúntese cómo distribuir con organización tal cantidad de productos entre una gran población. Además, tomemos en cuenta el intercambio de cacharros, vasijas, vajillas, saborizantes, entre otros productos.

Tlatelolco ha sido testigo de grandes tragedias, en su territorio se escenificó la derrota definitiva de los Aztecas y sus aliados a manos de los españoles en 1521. En 1968, decenas de jóvenes estudiantes dieron el último respiro en nombre de la libertad a manos de las bayonetas del gobierno y en 1985, muchos compatriotas murieron o se quedaron sin hogar por irresponsabilidades en el mantenimiento y correcciones absolutamente necesarias sin atender en varios inmuebles.

En el territorio que hoy alberga a varias unidades habitacionales no todo es amargo, fatídico. En medio del esplendor del dominio azteca, muchos mercados brillaban como fistoles en la geografía del altiplano (Moyotlán, Cuecopan, Zoquiapan y Atzcapotzalco y claro, cada barrio o parroquia con su tianquiztli o tianguis), pero existió uno, exactamente en Tlatelolco que si el lector desea saber de él, de su esplendor, de su variedad, de su organización, de su limpieza, con tal número de visitantes que se asemejaba a un panal, a un hormiguero, sugiero lea su descripción en las Cartas de Relación de Hernán Cortés. Con decirles que los españoles fascinados, comentaron “¡… Este mercado es mayor que el de Constantinopla!”.

Para la construcción de la ciudad de México, los españoles aprovecharon los trazos de las calles y canales de la antigua Tenochtitlán y también el sistema de canales y acequias (claro que abrieron nuevas de acuerdo a sus necesidades). No está de más recordar que la ciudad de México se encuentra construida sobre lo que antiguamente fueron lagos. Por ello, en La Colonia quedaron como principales embarcaderos para la comunicación y comercio: Churubusco, Mexicaltzingo, Chalco, Atenco, Xochimilco, Ayotzingo y Telco.

Como podemos suponer, la cantidad de acequias fue considerable. La principal fue la Acequia Real que partía de Mexicaltzingo (cerca de lo que hoy es la Central de abastos), para desembocar en la parte sur del Palacio de los Virreyes y después de un recorrido, daba al puente del convento de La Merced.

Ya en la época de la Colonia la necesidad de abasto condujo a la creación y organización de varios mercados como el de La Plaza Mayor, El Baratillo, El Volador, El Parián, La Lagunilla (y no fueron los únicos).

Las Leyes de Reforma, expedidas en 1857, hicieron circular para la economía a ese 50% del total de las fincas y terrenos que la Iglesia católica tenía en propiedad.

Como parte de ese proyecto, en 1861, el convento de La Merced fue propuesto para que pasara a ser administrado por la municipalidad ¿Para qué? Ni más ni menos para que se construyera una plaza que albergara un gran mercado, ya que se aprovecharía La Acequia Real y se podría construir un embarcadero.

El convento fue demolido para dar paso a lo que hoy conocemos como La Merced. Su historia la recorreremos en la próxima entrega. Mientras tanto a esa luna, a esa metztli que brilla con luz propia desde hace 25 años ¡Mil felicidades! Besos a los trabajadores, comerciantes y administradores que no permiten que en nuestras alacenas existan hoyos negros.

Un breve parpadeo: en la obra El Ávaro, Rafael Inclán no es ávaro con su simpatía y actuación. Vale la pena darse una vuelta para disfrutar la puesta en escena.

El Universal (28 de Febrero de 2008)
    H O M E P A G E