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 Nota facilitada por: Jessy




 

CORRUPCIÓN, UNA HISTORIA MUY NEGRA

El ombligo de Venus
Edith González Fuentes
10 de Abril de 2008

En 1858, Benito Juárez es declarado presidente de la República como respuesta al golpe de Estado del conservador Félix Zuloaga.

Así da comienzo la guerra de tres años, mejor conocida como Guerra de Reforma. Ésta fue una de tantas que escenificaron conservadores y liberales durante el siglo XIX.

La historia de todos los países registra en sus archivos lances bochornosos. México no es la excepción. El 10 de abril de 1859, las fuerzas republicanas, al mando del general Santos Degollado, se encontraban en Tacubaya, esperando una revuelta popular para derrocar al usurpador Miguel Miramón. Fueron embestidos por el general conservador Leonardo Márquez.

Santos Degollado sufrió una derrota total. Los conservadores retuvieron a decenas de enemigos.

Miramón ordenó a Márquez fusilar a los prisioneros, de oficiales para arriba. Pero la brutalidad se apoderó de Leonardo Márquez y asesinó a todos los prisioneros, incluyendo a doctores, enfermeras y enfermeros que atendían a los heridos; hasta vecinos del lugar perdieron la vida bajo sospecha de simpatizar con los liberales.

A las víctimas de esta irracionalidad se les conoce como Los mártires de Tacubaya. Al cobarde Leonardo Márquez se le recuerda con el mote de El Tigre de Tacubaya. Su saña fue tal, que ordenó que los cadáveres no fueran sepultados. La “victoria” le valió el ascenso a general de división.

Pese a la prohibición, “Juan Pueblo” enterró a los sacrificados en el panteón de la ermita de San Pedro Mártir, frente a la loma de Tacubaya, donde yacen actualmente.

Las víctimas salvaron el anonimato debido a que un municipio del estado de Oaxaca lleva nombre de Mártires de Tacubaya. Esto se debe a que un influyente médico presentó al gestor del nuevo municipio y al hijo de un asesinado en Tacubaya, allá por 1913. Éste le solicitó, después de contarle pormenores de la tragedia, que la perpetuara para la historia.

La otra cara de la moneda fue una proeza que reivindica al mexicano honorable: “El perdón de los belgas”, de abril de 1865.

Las fuerzas del emperador Maximiliano, con un tal Tydgat a la cabeza, estaban sitiadas en la población de Tacámbaro, Michoacán. Desesperados por evitar la derrota total y aplastante, tomaron como rehenes a los familiares de los republicanos. Entre éstos se encontraban la esposa e hijos del general juarista Nicolás Régules.

Los subalternos de Régules se lo notificaron con sugerencia de evitar Tacámbaro. La respuesta fue: Señores, a sus puestos; todos a cumplir con su deber.

La batalla fue sanguinaria. Cuando las pláticas para negociar la rendición del ejército de Maximiliano daban inicio, a instancias de un belga de apellido Lejoune, los conservadores abrieron fuego en contra de la bandera blanca.

Por toda respuesta, los juaristas se lanzaron al ataque con enorme furia y prendieron fuego a la puerta del templo donde se refugiaban las huestes de Maximiliano.

Seguidores del invasor francés, desesperados, colocan en el último retén a la esposa y tres hijos del general Régules, cuya respuesta, llena de furia fue: ¡Adentro! ¡Al asalto!

Con la victoria militar vendría una magna victoria ética. Quedaron presos 300, entre belgas y mexicanos que habían tomado partido en favor de aquellos. Nicolás de Régules los perdonó. Ninguno fue fusilado. Los trató con las consideraciones de prisioneros de guerra.

Además de un ascenso a general de división de manos del propio presidente Benito Juárez, el mejor premio para Nicolás de Régules fue ver sana y salva a su familia.

Aparte de la lucha entre dos fracciones políticas durante el siglo XIX, desde entonces corre la película de la contienda entre la corrupción y la conducta ética de la sociedad en su conjunto y el gobierno en lo particular. Desafortunadamente el cohecho, las corruptelas, la trampa y la mentira llevan ventaja.

Un breve parpadeo: una vez más la jerarquía católica pretende que en el sistema educativo nacional se impartan cursos de esa religión. Soy católica, pero no estoy de acuerdo. Los mexicanos ya optamos por una convivencia social laica y tolerante. Tenemos recursos que se pueden impartir en cada templo y la asistencia es de conciencia y libre ¿Para qué complicarnos?

El Universal (10 de Abril de 2008)
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